La noche de Pesaj

 David esperaba todo el año la noche de Pesaj. Venían los tíos, con sus novedades y reveses laborales, la incontable cantidad de primos, la abuela cocinando sus deliciosos varenikes y la familia del joven David. Tanto su madre como su padre eran más bien tímidos, no solían hacerse eje de los temas de conversación y sus seis hermanos emitían un total de ocho palabras sumando todas sus participaciones. 


El que más hablaba con diferencia en toda la reunión era el tío abuelo Yosef, o José como le decía el papá de David, un personaje totalmente intimidante para toda la familia. Se sentaba en la cabecera de la mesa e interrogaba a los variopintos personajes que se le presentaban a la cercanía, probando la ignorancia de estos y demostrando que era el hombre más inteligente, culto y destacado de la mesa. Su ilimitado poder se veía restringido solo por el héroe de David, el abuelo Adi. 


El abuelo era un hombre sereno, de pocas pero justas palabras. Era un hombre de cultura e intelectualidad pero tenía un físico bien trabajado para un hombre de su edad. Cuando José se pasaba en sus monólogos él decía "¡Ya basta!" con su característico acento. La tensión entre ellos dos era palpable, estaba claro que se odiaban mutuamente.


David sabía que era el favorito del abuelo, y siempre se sentaba a su lado, y este le contaba cientos de historias, probablemente inventadas que fascinaban al joven. No podía creer que todas esas cosas le hayan pasado a un solo hombre, que encima se encontraba al lado suyo. Su abuela era muy rara, lloraba por cualquier motivo, se reía con facilidad y se olvidaba las cosas, eso sí, cocinaba como los dioses. 


El Pesaj de ese año iba a ser muy diferente ya que el abuelo Adi había fallecido tres días atrás. David no tenía ganas de ir ya que había sufrido el mal disimulado buen humor del tío José durante el multitudinario funeral y porque sus padres actuaban muy raro últimamente. 


La noche de Pesaj, José llegó último y se sentó al lado de David, el lugar que solía ocupar el abuelo. Se lo veía muy contento y enérgico y trajo dos vinos kosher que parecían muy lujosos. Empezó a dirigir la ceremonia, se lo notaba más atento y generoso, repartía la palabra y no humillaba a quienes preguntaban, respondía con humildad, alegre de poder ayudar. Tomaba vino sin parar, cuando terminaba una copa ya se estaba sirviendo la otra.


Hasta que la abuela rompió en llanto. Lloraba tan fuerte que acaparaba toda la atención de los presentes. 


El color rojo empezó a ascender por la cara del tío José y empezó a gritarle en un rápido yiddish, la abuela llorando lo abrazó a David y se puso a cantar una melodía antigua mirando al cielo.


-Con lo que lo querías pequeño David -sollozó la abuela.


-¿Por qué no le contás a tu nieto? Ya no es tan pequeño como para que le mientas en la cara -respondió José.


-Yosef… no le digas… bitteh, mi chiquito no tiene porqué saber. 


A David ese intercambio no le gustó nada, mientras su tío fulminaba a su abuela a los ojos. El resto de la mesa estaba en silencio contemplando la tensa escena, excepto el tío Beto que roncaba plácidamente.


-¿Qué es lo que no sé, abuela? -preguntó David.


Silencio de nuevo. David miraba a sus padres en busca de respuesta pero le esquivaban los ojos. Sus primos y hermanos parecían tan desconcertados como él. Por otro lado, nunca había visto al tío José tan encolerizado. PUM, dió un golpe en la mesa que hizo saltar todo lo que estaba apoyado.


-¡¡Hoy deberíamos estar festejando que se murió ese farshtunkener!! -gritó José- ¡¡Que clase de judíos son!!


De su cinturón sacó un arma y lo atrapó a David apuntándole a un centímetro de la cabeza. Asustado, el chico forcejeó pero no pudo liberarse.


-¡¡CONTALE A TU NIETO, MYRIAM!! -gritó José.


-¿Qué es abuela? Decime por favor -rogó David asustado.


La abuela, que llevaba llorando unos minutos consecutivos, frenó y lo miró al muchacho a los ojos.


-David, mi nieto querido… tu abuelo que te quería tanto… lo querías tanto… era.. -secándose las lágrimas dijo- era Hitler.









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